EL DUENDE MARQUÉS
EL DUENDE MARQUÉS
Recopilando dibujos que he ido
regalando a lo largo de los años (desde que dibujaba mientras el profe recitaba
su clase, y yo cogía lápiz y papel para no caer rendida ante la soporífera
lección), muchos de los cuales perdí junto con el contacto de esas personas que
una vez formaron parte de mi vida; y que hacía porque sí, porque me salía del
corazón tener un detalle con un compañero que le gustaba cómo dibujaba y me
decía: “¿Me haces uno?”. Como si apenas llevase tiempo ni esfuerzo por mi
parte. No obstante, siempre contestaba que sí, sin pensarlo ni parar hasta
terminarlo.
Personas que pasan por tu vida
porque la época así lo requería, pero al transcurrir los años simplemente
tomamos caminos diferentes. Porque se acabó lo que teníamos en común (estudios,
trabajo, etc.) o porque un día decidieron irse por otro lado.
No me importa, de eso trata
precisamente la vida. Hay quienes están de paso y hay quienes te acompañan
eternamente –o para el ratito que ambos consideréis oportuno-. Pero lo que sí
he aprendido es, al menos, a hacer una copia de mis dibujos antes de regalarlos
y perderlos de vista para siempre.
Por suerte, una de las
personas que decidió mantenerse desde que la conocí, allá en el 2011, en mi
primer Camino de Santiago, es la fantástica Nuria, que guardó este dibujo que
la hice cuando fui a visitarla a su casa después de conocernos en ese viaje.
Estoy segura de que muchos de
mis dibujos han acabado en la basura de la gente de la que ya no sé nada.
También puede que no, que por lo que fuera lo guardasen en una caja y, al
abrirla, les venga a la memoria la época que compartimos.
Prefiero decantarme por la segunda opción, si bien es una mentirijilla piadosa que me cuento a mí misma. Y tener la confianza en que mi forma de expresarme y entender el arte siempre permanezca, aunque sea así, en un lugar recóndito escondido que todos tenemos para guardar nuestros recuerdos de lo que un día fuimos y que ya no formamos parte; pero que sin duda sirvieron para construir nuestro camino, situándonos justo donde estamos ahora, porque no podía ser en otro sitio.
© Sara
Guerrero Gómez
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