MÉXICO
MÉXICO
– Marzo-Julio 2020
Me libraste de una
buena, porque me faltó bien poco para no poder conocerte. Justo a dos días de
que cerrasen los aeropuertos por la famosa pandemia. Suerte que la persona
encargada de reservarme los billetes de avión decidió, porque salía mejor de
precio, cogérmelo con tres días de antelación a lo que tenía yo pensado. Esos
tres días hicieron que el 12 de Marzo quedase para siempre grabado en mi
calendario como viaje inicial a la que se convertiría en una de mis mayores
aventuras. El viaje final costó algo más de organizar, pero no nos adelantemos
en el tiempo, aún queda mucho por contar…
Las personas que bien me
conocen saben por qué decidí mandar todo a la mierda –trabajo incluido- e irme
a donde fuera que estuviera lejos de mi lugar. Malas épocas las tiene todo el
mundo, y yo estaba atravesando una de las peores. Eso y mis ganas de viajar
(que siempre están ahí) fueron mis motores para tomar la decisión de irme un
tiempo. Pero, ¿por qué México? Pues porque siempre había tenido ganas de
conocer ese país, y porque allí se encontraba un gran amigo, Gonzalo, que me
acompañó en esta aventura.
No tenía ni idea de lo
que iba a hacer allí, simplemente decidí guiarme por él y unirme a su proyecto.
¿De qué se trataba? Os estaréis preguntando… Pues nada más y nada menos que de
Permacultura. Sí, lo sé, yo tampoco tenía ni idea de lo que significaba hasta
que me metí de lleno en ello, pero no adelantemos acontecimientos…
En la fecha en que
llegué, Gonzalo estaba tomándose un descanso, aprovechando para conocer bien
México. A todo esto, tengo que añadir que durante esos 4 meses no salimos del
estado de Oaxaca; y no tuvimos tiempo (porque es imposible) de recorrerlo
entero, o al menos no tanto como nos hubiera gustado, dado que allí también
había ciertas restricciones por la pandemia.
Total, que mi primera
parada fue la ciudad de Oaxaca de Juárez, pero brevemente para comprar una
tarjeta SIM mexicana y un billete de transporte que me llevaría a Zipolite, una
playa estupenda donde me esperaba mi amigo. Ojalá pudiera decir que el viaje
hasta allí fue igual de maravilloso, pero por desgracia lo recuerdo como uno de
los peores que he vivido. Unas 6 horas por carretera de montaña hasta arriba de
curvas, donde no piensas ni de coña que haya carretera suficiente para dos
coches en dirección opuesta; y donde los conductores están tan acostumbrados a
pasar por allí que de repente te sientes como la protagonista de Fast & Furius sin comerlo ni
beberlo, ni mucho menos desearlo. Así que el estado en el que llegué a Zipolite
fue lamentable (por no decir que parecía un cadáver andante) y me juré a mí
misma jamás repetir ese condenado viaje.
No obstante, mi amigo me
recibió con los brazos abiertos. Lo primero que vi fue que el alojamiento estaba
a pie de playa, y que el lugar tenía un ambiente fiestero estupendo, que en ese
momento me venía como anillo al dedo. Todo esto después de haber descansado y
haberme recuperado de ese viaje, por supuesto.
También descubrí la playa del amor (literalmente se llama así) donde ponían música hasta las tantas, y donde disfrutábamos de unos atardeceres espectaculares. Todo el lugar incitaba a salir, pasear por sus calles, conocer gente nueva y pensar únicamente en el presente, en lo que estás viviendo en ese momento. Y así lo hice, desconecté todo lo que pude y más, mientras nos sentábamos en la mejor terraza del mundo con nuestra cerveza Dos equis, o simplemente esperábamos el anochecer observando ese paisaje.
Pero, como hemos dicho
antes, esto se trataba de un mini descanso, de recargar pilas antes de meternos
de lleno en un proyecto de Permacultura.
Debido a las
circunstancias, la idea que tenía Gonzalo previamente de ir a ciertos lugares fue
rechazada, por lo que tuvimos que concentrarnos en movernos únicamente por las
zonas donde nos dejaban. Ante la imposibilidad de que nos acogieran en un
proyecto, decidimos ir a las Lagunas de Chacahua antes de que se pusiera la
cosa más chunga y que nos quedásemos sin conocerlo, ya que es un lugar que
merece totalmente la pena visitar, y no podíamos regresar a casa sin hacerlo.
Tengo que decir que el
viaje esta vez sí que fue maravilloso, dado que únicamente se puede llegar en
lancha, y allí te recoge otro transporte que te deja directamente en la playa.
Ahí sí que sí me enamoró el sitio, tanto como parece que enamoré yo a los
mosquitos, porque literalmente me frieron a picaduras en cada trozo de piel que
tenía al descubierto. Mala hora para ti llegar al atardecer, buenísima hora
para ellos. Pero eso, sin duda, quedó en segundo plano en comparación con el
paisaje que teníamos delante.
Como buenos mochileros,
Gonzalo y yo plantamos la tienda en la playa, ya que hay lugares donde te dejan
acampar siempre que consumas algo en ese establecimiento cada día. Y, al menos
por nuestra parte, no había problema alguno, ¡nos encantaba toda la comida!
Especialmente los desayunos. Y, como vale más una imagen que mil palabras, aquí
os dejo una pequeña demostración de lo bien que nos cuidábamos.
Al final estuvimos allí más tiempo del que pensábamos, no sé si por la peña que hicimos, ya que al tratarse de una zona menos accesible nos juntábamos por allí siempre los mismos, hasta acabar siendo como vecinos; o porque estábamos disfrutando tanto que ninguno quería dar pie a la conversación de para cuándo irnos.
Nunca olvidaré a ese grupo de gente que conocimos, las caminatas hasta el faro para ver el atardecer, mis propias caminatas conmigo misma recorriendo la orilla de esa enorme playa, las hogueras que hacíamos prácticamente cada noche mientras cantábamos o nos contábamos anécdotas; el día que nos metimos en la playa de noche para ver el efecto de la bioluminiscencia, así como mi intento fallido de ir a la fiesta de un barco –sin recordar lo que me suelo marear en todo lo que se mueva más de lo normal, especialmente al son de las olas-, que hizo que casi saltase por la borda y prefiriese arriesgarme a chocar con un tiburón (u otro animal marino), a tener que seguir aguantando ese vaivén torturador.
Sin embargo, muy a nuestro pesar, el momento de irse llegó, ya que el tema de la pandemia empezó a ponerse peor y pensamos que lo mejor era irnos a otro sitio más accesible, por si acaso en algún momento teníamos que regresar a nuestro lugar de origen.
Pero la aventura
mexicana aún continuaba. Nos quedaban terrenos por recorrer, sitios por
conocer, y ésta vez sí, meternos en algún proyecto.
Así fue como acabamos en
Mazunte, no en el sitio exacto al que queríamos ir en un principio, sino en
otro donde nos pasaron el contacto. Ése lugar se llama “Ventanilla”, y resultó
ser un buen sitio para comenzar. No era un proyecto grande, sino uno que
acababa de comenzar. Una mujer tenía allí su hogar, y quería construir un pozo
porque estaba convencida de que su trocito de parcela tenía agua escondida. Tal
era su afán que trabajaba cada día como una jabata, con nuestra ayuda en todo
lo que podíamos; picando (cuando aún el pozo no era muy profundo), sacando
cubos de tierra y piedras, haciendo la comida, cuidando a los animales o yendo
a recoger sandías. Lo que fuera que hiciera falta para echar una mano en el día
a día.
Allí hicimos por primera
vez un temazcal, guiados por esa
mujer y su experiencia en el tema. Solamente diré que en este viaje lo
repetiríamos una vez más, dado que fue una experiencia alucinante.
Pero en ese lugar no
podíamos avanzar mucho más, ya que la construcción del pozo iba para largo y
nosotros queríamos ver y vivir un proyecto de Permacultura más grande, más
avanzado, con más cosas para enseñarnos. Y la respuesta llegó justo cuando nos estábamos
replanteando si continuar o tirar la toalla y volvernos a España.
Se pusieron en contacto
con Gonzalo de otro lugar que estaba justo al lado, en Mazunte también,
conocido como “Nido de Águilas”. Y, como ya había pasado el tiempo suficiente
para evitar un posible contagio, nos dejaron entrar y nos acogieron para que
formáramos parte del grupo de voluntarios que había para cuidar del terreno
enorme que nos íbamos a encontrar; donde habitaba una familia formada por una
mujer mexicana, un hombre alemán, y sus dos hijos pequeños.
Allí fue donde
pasaríamos el resto del tiempo que duró esta aventura, sin contar los días de
regreso en Oaxaca de Juárez para coger el avión de vuelta. Como el grupo de
voluntarios siempre era el mismo –excepto las últimas semanas donde la mayoría
se marchó y entró una persona nueva- también terminamos haciendo una piña muy
bonita.
¿Y en qué consiste la
Permacultura? Ahora sí que os puedo dar la respuesta, a modo de contaros lo que
hacíamos cada día mientras nos alojamos allí.
Para comenzar, siempre había un encargado (que íbamos rotando) que se levantaba antes que el resto para hacer el café y preparar el desayuno, todo cocinado con fuego de leña (así que podéis imaginar lo que tardaba en prender el fuego y subir el café); además de servir boles de fruta y granola que nosotros mismos preparábamos previamente. Bajábamos todos a desayunar –después de haber descansado cada uno en su respectiva tienda de nuestra casita de voluntarios- y comenzábamos la mañana disfrutando de esos desayunos riquísimos mientras veíamos el amanecer.
Acto seguido, nos
poníamos en marcha. Lo primero era regar las plantas y/o árboles asignados a
cada uno por todo el terreno. Las idas y vueltas a los bidones de agua cargando
cubos lograron que me pusiera fuerte como Popeye,
pero sin comer espinacas y sin darme cuenta de mi propio avance.
Después nos repartíamos
para hacer lo que tocase en ese momento. Comenzamos construyendo una casa de
adobe, con tejado de madera y hojas de palma. También reparamos el suelo de la
casa de la familia con barro y cera de abeja; sacamos troncos enormes del taller,
tuvimos que cortar un árbol gigantesco que estaba peligrosamente inclinado,
reparamos los aseos, aprendimos a hacer abono desde cero aprovechando nuestros
propios deshechos, ¡hasta construimos un invernadero! Y, por supuesto,
cocinábamos nuestra propia comida aprovechando los frutos y vegetales del
huerto. Jamás me ha sabido la verdura tan rica sin necesidad de echarle ninguna
salsa ni aceite, sólo lavándola con agua y listo, directamente al plato. Ahí te
das cuenta de la cantidad de mierdas que lleva la que compramos en el
supermercado, que le quitan todo el sabor para que sea más perecedera.
Tras el trabajo duro nos
reuníamos todos para comer lo que hubiese cocinado el voluntario encargado (siempre
siguiendo una base de dieta vegana), y luego a disfrutar del resto del día por
tu cuenta. Yo solía aprovechar para
bajar al pueblo de Mazunte y dar un paseo hasta asomarme al acantilado de la
que se convirtió en mi playa favorita: Punta
Cometa.
En esa playa también me atreví a hacer topless por primera vez en mi vida (un poco obligada porque el mar estaba revuelto y decidió llevarse la parte de arriba de mi bikini); a jugar con la arena como si fuese una niña chica (aunque eso siempre me ha encantado) y a disfrutar, en general, del movimiento del mar y las olas que produce al chocar contra las rocas. Salpicaduras que llegaban hasta arriba del acantilado, donde yo estaba sentada.
Pero lo que más recuerdo
es todo lo compartido con el resto de gente; cuando nos juntábamos todos en el
pueblo para celebrar el cumpleaños de alguien, o simplemente porque sí; cuando
nos reuníamos alrededor de una hoguera mientras comíamos palomitas; cuando nos
íbamos de excursión a los pueblos de alrededor para conocer otras zonas y
disfrutar de otras playas; cuando íbamos al mercado a hacer la compra una vez a
la semana; cuando fuimos todos juntos a otro temazcal donde no cabía un alma, y ahí sí que sí supe lo que
realmente se sentía; cuando danzamos para que viniera la lluvia después de
meses de sequía –que finalmente llegó justo el día anterior a irnos-; cuando
nos bañábamos en el lago del terreno, flotando tranquilamente entre los
nenúfares; cuando todo se quedó en silencio de repente, anunciando los
temblores provocados por el terremoto que sucedió a continuación (hasta eso
vivimos)… Y así podría seguir hasta acabar aburriéndoos, así que dejémoslo
aquí.
Obviamente, cuanto más
metido en la naturaleza estás, con más bichos te has de tropezar. Evitaré poner
imágenes (no por falta de ellas, sino por no causar más impresión de la
debida), y solamente diré que allí aprendí curiosidades como que los ojos de
las arañas brillan por la noche, y que sus nidos son bastante pequeños en
comparación a su cuerpo (son muy elásticas); que es imposible luchar contra una
plaga de moscas porque salen de todos los sitios y no paran de poner huevos; que
confundí el rabo de un lagarto con un palo tirado en mitad del camino
–pisándolo sin querer-, por lo que podéis imaginar el tamaño del reptil en
cuestión, que me miró como dándome permiso para pasar por su lado; que las
hormigas pueden acabar con lo que sea de comida que hayas dejado al descubierto
en cuestión de una noche (allí hay marabuntas, y por tu bien que no te pille en
medio de alguna); que los sapos hacen muy buena piña entre ellos (guiño guiño);
y que a las mofetas les encanta la comida de perros.
Pero, aunque parezca
demasiado, tengo que decir que siempre que no molestes se puede convivir en
armonía perfectamente. Al fin y al cabo, eres tú quien está en su territorio y,
por tanto, te conviertes en el invitado. Aun así, por si acaso, yo me cerraba la tienda a cal y
canto antes de dormir, no vaya a ser que viniera alguien a visitarme por la
noche sin que yo lo supiera de antemano; y ahí sí que sí tuviera el infarto
asegurado. La verdad que es alucinante lo que puede llegar a proteger un trozo
de tela con una buena cremallera.
Pero, como todo tiene su
fin, no iba a ser diferente en esta ocasión. Así que, después de cuatro meses,
llegó el momento de despedirse –con lluvia torrencial incluida-, y marcharnos
de ese lugar para llegar a Oaxaca de Juárez, donde pasaríamos los dos últimos
días antes de coger el avión de vuelta a España. Y sí, para volver allí me tocó viajar de nuevo ese transporte por la carretera insufrible de curvas (porque no
quedaba otra). Sin embargo, ésta vez lo llevé ligeramente mejor; creo
que porque ya iba mentalizada con lo que me esperaba, escogiendo un asiento
para ir mirando todo de frente (truquito para las personas que nos mareamos
mucho), y porque durante el trayecto fui respirando largo y profundo muchas
veces.
Siempre da pena irse de
los lugares donde uno ha sido feliz y lo ha pasado tremendamente bien. Pero las
despedidas son necesarias para poder seguir avanzado hasta que encuentres la
dirección indicada. Ésa que solamente tú conoces, que nadie puede decidir ni
escoger por ti. Así que sólo puedo agradecer a las personas que me acompañan,
que aparecen en los lugares más insospechados y que, por suerte, puedo considerar amigos, dado que seguirán estando vaya donde vaya.
En esta ocasión, gracias
a mi amigo Gonzalo pude vivir todo esto; a que me acogió y metió en sus planes
cuando no tenía por qué hacerlo, y a que decidió compartir parte de su aventura
conmigo. Por todo lo vivido decidimos hacernos un tatuaje conjunto –con
significado especial de México- que quedará para siempre grabado en nuestra
piel, y que logra que sonría cada vez que lo veo, llevándome automáticamente a
rememorar todo lo que os he contado, y muchas otras cosas que me guardo por no
extenderme demasiado.
Y recordad…
© Sara Guerrero Gómez

















Comentarios
Publicar un comentario