CAMINO BAZTÁN, SALVADOR Y PRIMITIVO

 

Camino Baztán, San Salvador y Primitivo – Agosto 2025

Comenzaré explicando por qué decidí escoger estos tres caminos tan particulares, además de por qué tuve a bien hacerlos de seguido, uno detrás de otro. La respuesta puede parecer sencilla, pero yo la resumiré en una breve frase que lo explica a la perfección: “Porque me falta un tornillo”.

De otra forma, no cabe en la cabeza de nadie que eligiese –por voluntad propia- enlazar tres caminos de montaña, no exentos de dificultad, a pesar de ser relativamente cortos de etapas (sobre todo los dos primeros).


Así que empezaré por el primero de ellos: el Camino de Baztán. No entiendo por qué es un camino “no oficial” porque a la vista está, durante todo su recorrido, que merece más que la pena visitar. Inicia en Bayona (Francia) y termina en Pamplona; pasando por una cantidad de pueblos y rutas de montaña del País Vasco que no puedes hacer más que quedarte pasmado ante el paisaje que se va presentando en cada etapa, a medida que vas avanzando. Aunque, siendo sinceros, la primera y última etapa no tienen demasiado atractivo, dado que la salida y entrada de las grandes ciudades suele tener bastante asfalto. Y, si lo que quieres es huir precisamente de eso –como una servidora- pasarás por ellas lo más rápido que puedas hasta volver a encontrarte en medio del bosque.

Ahí sí que sí tengo que destacar la etapa reina de este camino (de Berroeta a Olagüe) que es una de las más bonitas que he realizado en, hasta ahora, todos los caminos que llevo. Con subidas, cómo no, infernales (con sus respectivas bajadas); que cada vez te van metiendo más y más en medio de la montaña, a medida que vas ganando altitud y únicamente puedes ver la niebla y las cabras que están tan locas como tú, porque sois las únicas despiertas a esas horas de la mañana y cuya visita sorprende a ambas partes por no esperar encontrar absolutamente a nadie.

No podía parar de sacar la cámara para hacer fotos, y aun así nunca llegó a asemejarse a la realidad de lo que estaba contemplando. Por eso sé que quedará guardado en mi memoria para los restos; al igual que ese fantástico hostal en mitad de la carretera con el que repuse fuerzas para continuar –tras un estupendo desayuno- y que apareció cuando más lo necesitaba.

Como ya he mencionado, pasas por lugares fantásticos, y otro de ellos a destacar es la etapa del Monasterio de Urdax, donde me tomé un café al llegar en la mejor terraza del mundo. Además del sin fin de pueblos donde no finalicé etapa, pero paré a descansar a propósito porque merecían una pequeña visita; como son Elizondo, Ainhoa y Amaiur/Maya.

Creo que no me cansaré nunca del paisaje del País Vasco, de los sitios que descubres por casualidad sin habértelo planteado, y de los bosques que lo rodean que bien podrían servir de inspiración para cualquier relato. Ése fue mi verdadero motivo de hacer, en primer lugar, este camino. Quería sentir y vivir la experiencia de las novelas de “La Trilogía del Baztán”; al igual que, por lo visto, más de un peregrino que conocí en ese camino y que, sin duda, no dejó indiferente a nadie.

Pero no todo es un cuento de hadas, dado que te encuentras con etapas muy duras que has de superar; debido a las cuales más de un día llegué al albergue con dolores de rodillas tremendos que me impedían moverme una vez el cuerpo se enfriaba, y que me hicieron cambiar de opinión mil veces diciéndome a mí misma que estaba como una p… cabra si pretendía hacer otros dos caminos de montaña más. A puntito estuve de rendirme y continuar por el Camino Francés que, aunque no me llamaba nada (entre otras cosas porque ya lo completé en su momento), sería más fácil de caminar, con etapas más llanas. No obstante, una pareja de andaluces que se dedicaban a hacer el camino corriendo –así de en forma estaban- me convenció para que me animase a continuar con mi plan original, dado que el paisaje me iba a gustar mucho más.

Y la verdad que razón no les faltaba, porque finalmente me lié la manta a la cabeza y, tras unos cuantos buses después, me planté en León para comenzar lo que sería mi siguiente calvario: el Camino de San Salvador.

Éste camino comienza en León y acaba en Oviedo, donde puedes dar por terminada tu peregrinación o escoger continuar por el Primitivo, ¿adivináis qué decidí yo? Exacto, no me acabaron apodando “la loca de los gatos” por nada, pero no nos adelantemos a la historia… Tras visitar la fantástica ciudad de León, con su impresionante catedral, me dispuse a realizar este camino que, según señala el proverbio: “Quien va a Santiago y no visita al Salvador, honra al criado y se olvida del Señor”; dado que los peregrinos rendían homenaje a las reliquias de la Cámara Santa de Oviedo de este modo, las cuales incluyen el Santo Sudario.

No diré más que me llamó la curiosidad, y me parecía una excusa perfecta para conocer nuevos caminos y poder seguir peregrinando. A diferencia del anterior, éste camino no resaltaba por sus bosques mágicos; pero sí por sus enormes montañas que amabas a la par que odiabas porque, cuando pensabas que no podía haber una subida o bajada más dura, te equivocabas. Resaltaré, sin lugar a dudas, la etapa de Poladura de la Tercia a Pajares que, a pesar de su escaso kilometraje, acabas con las piernas tan cargadas de la bajada del puerto que es imposible –al menos para un ser humano normal- hacerla más larga.

Sin embargo, el premio de las vistas que te llevas cuando estás en el punto más alto, hace que te olvides de todo lo que has pasado para llegar hasta allí, aunque tus piernas insistan en seguir recordándotelo.

No olvidaré los caballos salvajes con los que me tropecé en mitad del camino, al igual que las vacas que tuve que sortear como buenamente pude para poder avanzar. Ni los pueblos con gente simpatiquísima que te acogían como si fueses uno más. Mención especial a la hospitalera de Pajares, por ser tan buena persona y regalarnos a cada uno un abalorio, que me acompañó el resto de mi peregrinación a modo de pulsera. Y, por supuesto, tampoco olvidaré a ese pequeño grupo de peregrinos que formamos en el camino: los amigos madrileños con los que jugué una de las partidas de cartas en la que más me he reído, la pareja de italianos que me iba encontrando en medio de la etapa para darme ánimos, la pareja de gallegos que fue una de las pocas en continuar más allá de Pajares –dejándome boquiabierta ante su energía y fortaleza-, la mamá y su hija que te esperaban siempre con una sonrisa, y Julia, la italiana a la que era imposible pillar porque andaba que se las pelaba.

El ratito que pasamos juntos en el lago de agua helada, metiéndonos hasta el cuello para que el cuerpo se relajara después de la pedazo hazaña lograda, también quedará para siempre grabado en mi memoria.

Pero aquí no acaba la aventura, una no cruza la Cordillera Cantábrica para quedarse ahí, desamparada en Oviedo, por muy bonita que sea la ciudad –que lo es- y su catedral –que también-. No, una no está bien de la mollera; y aunque los consejos sean los opuestos, decidí comenzar al día siguiente la que sería mi última (por el momento) gran gesta: el Camino Primitivo.

Sí, mi cuerpo se quejaba, decía que ya era suficiente, pero siempre se me ha dado bien ignorarlo, y cuando se me mete algo entre ceja y ceja no paro hasta que lo consigo o, a malas, hasta que me destrozo intentándolo.

Me negaba a haber llegado hasta allí para no realizar el último camino que me había propuesto; por lo que madrugué de nuevo, junto a Julia, para continuar caminando. A los pocos kilómetros nos separamos y, por desgracia, no volvimos a vernos, ya que ella hacía las etapas más largas que yo, por lo que no coincidíamos en los mismos lugares.

No obstante, eso me llevó a conocer a la que sería mi Familia Primitiva, un día no muy lejano en verdad –aunque parece que fue hace años- allá por el albergue de Grado. Hacía mucho que no tenía que esperar horas para entrar en un albergue, pero esa fila me llevó a conocer a todos los que caminaríamos después juntos hasta Santiago. Por lo que tengo que agradecer infinitamente la decisión que me llevó a parar allí, en el albergue público, en lugar de continuar más kilómetros o parar en otro albergue diferente. Porque nunca se sabe las decisiones que te llevaron a unirte a un grupo de peregrinos y no a otro; tu empeño en continuar o tu insistencia en descansar que hizo que conocieses a ese grupo de gente en concreto, y os acabaseis uniendo.

Así que sí, además de descubrir un albergue fantástico, donde hice el sello más bonito que he tenido nunca, surgió esta pequeña familia que acabaríamos apodando “Los Chip y Chops”; evitando sacar a la luz el motivo de ese nombre tan curioso, ya que prefiero dejarlo a la imaginación de cada uno, que será siempre menos doloroso que la realidad.

Pero volvamos al tema que nos desviamos, todavía queda mucho que contar… Como he dicho antes, éste camino comienza en Oviedo y, ahora sí que sí, finaliza en Santiago, coincidiendo las últimas etapas con el Camino Francés. Como bien podéis intuir, lo que más disfruté –a la par que sufrí- fueron las etapas previas a su unión con el camino más conocido; ya que seguíamos coincidiendo más o menos los mismos peregrinos y, por lo tanto, resultaba más sencillo avanzar a tu ritmo, rodeada de esos preciosos paisajes, sin agobiarte por la horda de peregrinos que se presentaría más adelante.

Tampoco resulta un camino sencillo, y me sorprendió y admiró conocer, en esa pequeña familia, a peregrinos novatos que habían escogido éste como su primera opción para llegar a Santiago. Qué valientes –pensé- a la par que insensatos; dado que una ha recorrido unos cuantos caminos y jamás se me hubiese pasado por la mente elegir el Primitivo como primera toma de contacto. Por algo los locos nos acabamos encontrando.

Son muchas las experiencias vividas, los pueblos visitados, las fiestas buscadas y que sin buscarlo nos acabábamos tropezando. Mucho más lo sufrido en esas primeras etapas, donde ya ves lo que te depara y cómo serán los próximos 12 días –que en nuestro caso es lo que tardamos en llegar- de tu vida. Recordaré esas bajadas y subidas infernales llenas de piedrecitas diminutas, que me dejaban sin aliento, e hicieron que besase el suelo un par de veces (pocas me parecen). A todo esto, siempre cargados con nuestra mochila, de la que tienes que tirar todo el día y hace que mires con odio a quien no la lleva encima, sabiendo que le está costando al menos la mitad de esfuerzo que a ti realizarlo.

No sé cómo lo hacía para salir una de las primeras del albergue, andando bastante tramo de noche –con lo que me cagaba meterme sola en mitad del bosque- y aun así ver cómo, a lo largo de la etapa, todos los miembros de la familia me adelantaban, llegando al pueblo final mucho antes que yo. Sin embargo, de vez en cuando me acompañaban bastante rato o hasta finalizar etapa. Momentos que disfrutaba y aprovechaba para conocer más a cada uno porque, aunque solo fuera ese ratito, las conversaciones surgían como si nada, como si nos conociéramos de toda la vida, con las consecuentes bromas respectivas que salen cuando ya se tiene confianza.

Y ahora sí tengo que nombrar a esos peregrinos locos que formaban parte de esta familia tan particular:

Ignacio y Víctor, los primeros peregrinos con los que me crucé en esa cola del albergue de Grado. Pensar que parecían tan formalitos al principio, hasta que se soltaban y eran el alma de la fiesta. Siempre recordaré la sonrisa de Ignacio y lo contento que se ponía cuando llegabas al albergue (donde ellos ya llevaban unas 3 horas esperando) y la risa contagiosa de Víctor. Formáis un dúo maravilloso, no me extraña que os apoyéis tanto el uno al otro. Sé que ésta no es vuestra mejor foto, pero me encanta por lo que representa, que a pesar de las lesiones hay que seguir, y que siempre aparece alguien para apoyarte.

Marco, el sevillano, que conocimos gracias a que se quedó un día más descansando. No sé cómo pudiste dar si quiera un paso con esas heridas en los pies, pero al final lo lograste, como todo un campeón. En mi memoria queda la etapa de Pola de Allande a Berducedo, que caminamos juntos y me reí como nadie al verte entre los matorrales, aunque tú ni te inmutaste cuando presenciaste una de mis estrepitosas caídas. Ni qué decir tiene la pedazo subida y bajada que nos comimos ese día, en el que pensaba que me mataba si daba un solo paso en falso. Y nuestra carrera para llegar antes que el otro al albergue, que supuso tanta alegría como encontrar agua en el desierto después de horas andando sin ver nada.

Miguel y Carlos, los madrileños que tuvimos que despedir mucho antes de lo que quisimos, porque su camino acabó en Berducedo. No olvidaré vuestra simpatía, la alegría que desprendíais al entrar a cualquier sitio, y la etapa que caminamos juntos de Tineo a Pola de Allande. Los últimos 4 km más largos de la historia y, cómo no, de bajada, que acabamos andando como cangrejos por tener las piernas tan cargadas y necesitar colocar la pisada en una posición diferente. No dudéis que, cuando llegamos a Santiago, estabais ahí con nosotros, ya que todos os recordábamos cada día.


Raúl y Dani, que aunque llegaron cada uno por su cuenta, una vez se conocieron ya no se separaron. Al final os cogí un cariño tremendo, a pesar de ser tan diferentes en algunos aspectos. Siempre recordaré mis piques con Raúl para ver quién llegaba primero al albergue (donde al final, por causas más que justas, quedamos empatados) y el cante tan bonito de Dani cuando se soltaba, amenizando a todos la velada. Con Dani caminé el segundo día, donde nos encontramos esa siniestra silla de ruedas en mitad del bosque; y con Raúl de Berducedo a Grandas de Salime, disfrutando una de las etapas más bonitas donde se situaba el mirador sobre el salto de Salime.



Pompas, Alejandra y Carlos; dos madrileños de pura cepa y uno de adopción, con todo el cariño de mi corazón. Son tres de las personas más grandes que he conocido, que no saben de límites o hacen caso omiso, que siguen su forma de vida, aunque se salga de la establecida. Fieles a sí mismos, a su manera de pensar, que van a por todas o directamente no van (no existen las medias tintas). Fue un tremendo placer conoceros, ver a Carlos como una locomotora adelantando a todo el mundo; y a Alejandra y Pompas esperando y ayudando a todo el que se pusiera por delante. Las palabras empatía y humanidad se quedan cortas con vosotros. Siempre recordaré los momentos en los que nos cruzábamos, porque era imposible andar a vuestro paso, y la alegría con la que me recibíais siempre que, por fin, llegaba.




Jimena y Bianca; una colombiana y una italiana a las que el camino se les quedaba corto, ya que echaban a andar como si no las costase (aunque sé que los dolores se llevaban por dentro), o como si lo hubieran hecho toda la vida. Hay que ver la cantidad de energía que desprenden ciertas personas que, mientras tú estás luchando por respirar a la vez que subes una maldita cuesta, a ellas les falta poco para hacerlo silbando. Y sí, puede que esté exagerando, pero realmente es la sensación que tenía cuando las veía caminar. Unas super women como pocas he conocido. Me quito el sombrero ante vosotras. También recordaré las veces que me acompañasteis para que no anduviese sola de noche, aunque eso significase caminar a un ritmo mucho más lento del que os hubiese gustado. Infinitamente agradecida por esas horas de compañía hasta que salía el sol.

Y a todos los demás: Arnau, Fermín, Mikel, Nerea, Iván, David, Miguel, Elena… que nos fuimos encontrando en diferentes partes del camino, pero igualmente nos unimos en este grupillo que llegó a ser de unas 20 personas. Así que perdonadme si me dejo a alguien. No por ser los últimos sois menos importantes, ni mucho menos, pero el texto resultaría eterno si os nombro a cada uno; aunque no puedo pasar sin recordar ciertas anécdotas:

El baile de Arnau en la fiesta que se armó de jubilados en la plaza de O Cadavo. Espectacular se queda corto.

La fiesta en Lugo gracias a que Fermín abrió las puertas de la discoteca de par en par, y la música me llamó como el flautista de Hamelín; además de descubrir que sí, efectivamente había un tío vivo decorándola, y ni me percaté del detalle si no fuera por ti. Gracias también por el atardecer compartido en A Ponte Ferreira; y por presentarnos a tu amigo Mikel, otra gran persona a la que tuve el gusto de conocer.

La ayuda y preocupación de Nerea cada vez que me veía, especialmente en las últimas etapas en las que iba a rastras. No hubiera sobrevivido sin tus cremas y pastillas antiinflamatorias. Mil gracias por estar cuando más lo necesitaba. Otra campeona que escogió éste como su primer camino, y acabo superándolo.

El sonido de un millón de mosquitos persiguiéndome, que resultó ser el dron que usaba Iván para inmortalizar partes de su camino que decidió realizar corriendo, porque igual andando era demasiado fácil para él; para mí desde luego no. Siempre que escuchaba ese sonido ya sabía que andabas cerca, vigilando que todos estuviéramos bien. Ése era en realidad tu súper poder.

La primera vez que vi a David en la feria de Tineo, que hizo el camino acompañado de Elías; y a día de hoy seguimos sin saber si era su amigo, su padre, su tío, o su primo lejano. Nos vacilaba a todos como quería, y lo mejor es que nos creíamos cualquier cosa que decía. Estuvo muy guay la despedida en ese bar chulo de Lugo.

El apoyo de Miguel en una de las últimas etapas, donde me torcí el pie por no ver una mierda en la oscuridad, decidiendo quedarse a mi lado para iluminarme el camino con su frontal hasta que se hizo de día. Nunca olvidaré ese detalle tan bonito.

Y así podría seguir hasta el infinito y más allá, con mil y una anécdotas que contar. No obstante, todas las historias tienen un final, así que llegó el momento de hacer el cierre de ésta. No sin antes dejar claro que, a pesar de que caminé la mayor parte del tiempo conmigo misma, jamás me sentí sola; porque sabía que siempre, si pasaba cualquier cosa, podía contar con vosotros, mi Familia Primitiva. Entre unos y otros nos íbamos preguntando para asegurarnos de que todos habíamos llegado, en el albergue de cada pueblo donde finalizábamos etapa, sabiendo que cada uno andaba a su ritmo pero que nos veríamos en el lugar de destino.

Pero lo más bonito fue esperarnos para llegar juntos a la catedral de Santiago. Y a pesar de que algunos se quedaron rezagados, ahí decidimos quedarnos plantados hasta verlos aterrizar y reunirnos de nuevo todos en la plaza de Obradoiro. Hacía mucho tiempo que no realizaba ese último tramo acompañada, y fue un lujo poder hacerlo con vosotros.

© Sara Guerrero Gómez


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