RESPETILANDIA
RESPETILANDIA
Imaginemos
un lugar donde nadie tenga que gritar para hacerse notar; donde puedas decir lo
que piensas, plantarte en tu lugar, sin necesidad de insultar. Porque considero
que todo empieza y acaba con la educación. Y no me refiero a tener más estudios
o un trabajo mejor, sino a dejar claro tu valor, tus principios y opinión a
través de la palabra, calmada y aceptable, sin faltar al respeto a nadie.
No
creo que sea requisito indispensable despreciar, dejar en mal lugar ni pasar
por encima de alguien para hacerte escuchar. Porque a palabras necias, oídos
sordos; ya lo dice el refrán. Aun así, parece que nos han enseñado a actuar a
costa de los demás para poder crecer y ser siempre el mejor, como si todo fuera
una maldita competición. Repito, por si no queda clara la cuestión: ¿Para
quién? O ¿Para qué? Ponle el pronombre relativo que consideres aceptable.
Si
es por impresionar, por agradar, por hacer lo que hacen los demás; date la
vuelta y párate a pensar en por qué sigues la corriente de los que no se mueven
de forma diferente. Igual descubres que ésta es opcional. Igual urge
reflexionar sobre cómo tratamos a la gente de nuestro alrededor, sean conocidos
o no.
Porque,
si me apetece ir leyendo en el metro o estar ensimismada con mis pensamientos,
no tengo por qué aguantar al personaje de turno que, a falta de tener nada
mejor que hacer, o querer llamar la atención, decide poner su música a todo
volumen, como una forma “sutil” de sugerir su posición. Y encima, no te atrevas
a llamarle la atención, que sacará su gallo de corral a pasear, acompañado de
un vocabulario impecable de insultos soeces, que necesitarán traducción para
lograr una mayor comprensión de lo que está queriendo comunicar.
Te
diré una cosa, personaje que pone la música en lugares públicos, no por mostrar
tu arte, que sería maravilloso, sino porque sí, por joder al personal: Existe
una cosa mágica llamada “cascos” o “auriculares”. Y sirve para que tú, y solo
tú puedas escuchar lo que te plazca, donde consideres, sin molestar a nadie. Un
gran invento, pruébalo, de verdad te va a gustar, y a la gente que te rodea ni
te digo la alegría que se van a llevar.
Conste
que este fenómeno no se da únicamente entre adolescentes, como podréis estar
pensando, ya que también encontramos a adultos en situaciones semejantes;
siguiendo el patrón anterior, demostrando así su gran madurez, o encontrando
otras formas diferentes de imponer. Por ejemplo, hablar de más al volante, como
si por el hecho de tener la capacidad y permiso de conducción viniera acompañado
de un súper poder donde uno se cree mejor conductor que todos los demás; donde
puede acelerar siempre por encima del máximo de velocidad, ir haciendo el
kamikaze cambiando de un carril a otro sin ton ni son, coger el coche con unas
copitas de alcohol, y limitar o anular su paciencia si tiene que esperar
segundos a que otra persona haga su maniobra para aparcar.
Conducción
colérica vamos a llamar, de esa que nos entra a todos después de estar horas en
un atasco para descubrir que se ha producido por un mínimo golpe, que no
entorpece la circulación, pero sucede cuando más de uno reduce la velocidad por
la curiosidad de pararse a mirar. Cuando dicen que ésta mató al gato, lo dicen por
algo.
De
qué sirve tanto estrés, tanta prisa, tanto odio, si al final el único que se va
a angustiar eres tú. Y soy consciente de que la sociedad no lo pone fácil, de
que todos tenemos horarios y responsabilidades que cumplir, de que parece que
hay gente que sólo sabe poner la zancadilla para hacer caer a cualquiera que
vea como una amenaza a su causa o a su existencia. Suelen llamarlos ganadores,
aunque yo los considero perdedores; porque si necesitas hacer todo eso para
demostrar tu valor, perdona que te diga, pero NO, no vas bien por esa
dirección.
Yo,
por el contrario, al igual que muchas personas que he tenido la suerte de
encontrar en mi camino vital, dormiré tranquila por las noches pensando en que
siempre procuro actuar de la mejor forma posible, acorde a mis valores, mi
personalidad y mis tropezones varios. Prefiero quedarme en segundo lugar que
dejarme la vida intentando llegar al primer puesto. Siempre, por supuesto,
haciendo lo máximo para lograr mis propias metas autoimpuestas, alegrándome por
todos los de alrededor que consiguen las suyas sin pisar cabezas.
Porque
errar es humano, lo hacemos todos constantemente, precisamente así se aprende. Pero,
si en lugar de reconocer tu metedura de pata, echas tierra de por medio y dejas
que otro cargue con la culpa por miedo, vergüenza o simplemente querer quedar
por encima siempre, morirás sin haber adquirido una mierda de lo aprendido.
Todos
tenemos diferentes lecciones: La que nos da la familia, el colegio y los amigos
diversos. Y, si con alguno no estás contento, llegados a cierta edad tienes la
habilidad y libertad para irte a buscar otro que se ajuste más a tu forma de
actuar y pensar.
Podría
poner mil ejemplos más, pero me extendería hasta el infinito y más allá. Así
que terminaré diciendo que, si con todo esto sigues faltando al respeto, mírate
en el espejo y piensa que quizá seas tú quien tenga que cambiar para, al menos,
dejar vivir en paz a los demás.
©Sara
Guerrero Gómez

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