MI PRIMERITO CAMINO
CAMINO FRANCÉS – Agosto 2011
Recuerdo ese miedo a la posibilidad de no
encontrar a nadie, de no situarme, de sentirme perdida, o de que algo pudiera
pasarme. Pero ese miedo apenas duró lo que tardé en bajar del autobús el primer
día en Ponferrada; y encontrarme con dos mujeres que, como yo, comenzaban.
Por cosas de la vida nos separamos al día
siguiente, ya que yo debía esperar a tener mi credencial que no me había dado
tiempo a sacar antes de llegar, por lo que ellas continuaron para más adelante
encontrarnos.
Poco duró mi soledad, ya que apenas unos
pasos dados, después de tener la credencial en mis manos, escuché un acento
andaluz inconfundible de un grupo de tres hombres que se alejaban riendo. Sin
casi pensarlo, aceleré mi paso para unirme a ese grupo tan alegre, que hizo que
no pudiera parar de sonreír en todos los días que pudimos compartir.
Ellos llevaban un tiempo largo caminando, por
lo que conocían a más de una persona con la que nos cruzamos. Uno de ellos era
el americano, que hablaba español casi tan perfecto como yo; y llegó de
casualidad un día que pensábamos que moriríamos de deshidratación, después de
horas y horas andando bajo el sol, con las reservas de agua agotadas. Hasta
que, por fin, dimos con un bar que creímos una aparición, porque no podía ser
que estuviera situado en mitad de la nada. Pero sí, estaba, y si no fuera por
los cinco kilómetros que aún nos quedaban para terminar la etapa, nos habríamos
quedado allí de acampada.
No sé en qué momento del camino se unió el
catalán, que conocía al americano, por lo que acabamos todos juntos andando.
Resultó que los dos sabían tocar la guitarra, así que terminaron más de una
parada en el bar o albergue amenizando la velada.
Pero si algo sin duda merece una especial
mención, fue ese fin de etapa en Melide, donde tuve que preguntar unas cuantas
veces al camarero, no por no oírlo, sino por no creerlo, el precio del cubata a
tres euros. Como madrileña que soy, dista mucho de la realidad de lo que estoy
acostumbrada a pagar por alcohol en cualquier lugar. Así que los fuimos
pidiendo de dos en dos, para aprovechar.
Y hablando de aprovechar, como el pueblo
estaba en fiestas, no íbamos a ser menos y no celebrarlo; por lo que, después
de que mis acompañantes se comieran su buena ración de pulpo (que yo sustituí
por pescado, porque no es de mi agrado), pasamos a hacer turismo local y
conocer, de paso, a los primeros madrileños (y únicos, aparte de mí) con los
que di en ese Camino. Eran otros dos chicos, boy-scouts, graciosos hasta
hartar. Nunca olvidaré la anécdota de uno de ellos el día que fue a comprar una
navaja y el dueño la escogió especialmente para él, al seleccionarla de entre
todas como la varita de Harry Potter. Vamos, que la navaja le había escogido a
él, y no al revés.
Aun así, poco más pudimos hablar, porque la
mayoría decidió irse a dormir pronto para al día siguiente poder madrugar, por
lo que terminamos de fiesta tres: el americano, el catalán y yo; bebiendo
Estrella de Galicia (of course) y comprándome un gorro morado de lentejuelas en
la feria, que juré llevaría cuando llegásemos a la catedral de Santiago.
No obstante, como toda buena fiesta, la
consecuencia viene con la resaca a la mañana siguiente. Más que tres peregrinos
parecíamos tres zombies andando por inercia, cuando los demás ya habían
comenzado horas atrás. Así que, para no forzar, decidimos no andar más de once
kilómetros ese día, y poder descansar.
Después de eso no fuimos capaces de volver a
juntarnos con el resto, porque llevaban mucha ventaja, pero conocimos a otras
chicas, catalana y valenciana, con las que hicimos muy buenas migas, y andando
alguna que otra etapa.
A pesar de todo, logramos reencontrarnos casi
todos en Santiago, saliendo a comer juntos las famosas vieiras para celebrarlo.
Contaría mil anécdotas más, pero se
extendería la historia hasta aburrir, aunque quizás nombre un par:
1. Que gracias al americano probé por primera vez la crema de cacahuete, y me gustó demasiado.
2. Que gracias al malagueño pude curarme las ampollas, que terminó cosiéndome él con una aguja por no atreverme personalmente.
Y, en general, gracias a los andaluces,
catalanes, valencianos, madrileños, y desconocidos varios, por aparecer en mi
camino y cuidarme; ya fuera ofreciéndome una galleta de chocolate o
preguntándome qué tal iba a cada pocos kilómetros.
Para finalizar, gracias al Camino de Santiago
por enseñarme tanto; la cantidad de gente buena que puedes llegar a conocer de
todos los lados, con los que, después de días andando, llegas a querer como si
fuesen amigos de toda la vida. Algunos, por desgracia, se pierden cuando
acabas, pero otros acaban permaneciendo, solo hay que pretenderlo.
Aun así, puedo decir que tengo la suerte de
seguir contando con muchos de ellos; porque, como he dicho, éste no fue mi
último camino, sino que vinieron muchos otros más, con más experiencia, gente y
anécdotas que contar.
Es un sentimiento difícil de explicar, porque
hay que hacerlo para saberlo. Y sólo los que de verdad sintieron esa magia al
recorrerlo son los que, sin duda, acaban repitiendo. Así que, como buena
peregrina, me calzaré las botas y la mochila para andarlo este año de nuevo,
como especial conmemoración por ser Xacobeo; además de personal para celebrar
los 10 años que hace que lo conocí y me cambió la forma de pensar al atreverme
a viajar por primera vez en solitario, cosa que me gustaría aconsejar a todo el
mundo.
¿Por qué esperar siempre a que alguien pueda acompañarte para hacer las cosas que quieres? Y no me refiero solo a viajar, sino a cualquier actividad. Si de verdad quieres, hazlo, sin importar cuál sea el destino; porque, aunque parezca que comienzas solo, te aseguro que no terminarás del mismo modo.
Y como
bien decimos: <<BUEN CAMINO>>
© Sara Guerrero
Gómez






Comentarios
Publicar un comentario