HONDURAS
HONDURAS
– Enero 2014
Cómo
resumir un año de experiencias, de vivencias, de anécdotas y de aprendizaje en
otro continente, en otro país diferente al tuyo. La verdad, no habría elegido
Honduras como primera opción si no fuera porque mi hermana me impulsó a ir
allí. Pero, por lo que después viví, no me arrepentí para nada de mi decisión,
ya que quedó guardado en una parte de mi corazón.
Siempre
había querido hacer un voluntariado, al menos una vez en la vida, en un lugar
diferente a donde nací. La oportunidad surgió así, hace ya 7 años, en el
momento en que necesitaba un cambio de aires, de trabajo y de escapar de
Madrid.
“Nuestros
Pequeños Hermanos” fue la ONG Latinoamericana que me seleccionó, después de
pasar por diferentes trámites y entrevistas, para trabajar como profesora de
Educación Física en la escuela que allí tenían. Cierto es que no era mi especialidad
concreta en ese momento; no obstante, como el deporte supone una gran afición
para mí, poco me importó trabajar en algo que por fin me motivase si, además,
con ello iba a cumplir uno de mis sueños, colaborando en un proyecto que se
dedica a ayudar a niños sin recursos, ofreciéndoles una vivienda, una educación
y un futuro.
Así
que hice mis maletas y para allá que fui. Por circunstancias de la vida apenas
coincidí tres meses con mi hermana, ya que ella tuvo que regresar a España,
pero yo decidí quedarme a completar mi año de voluntariado, porque en ese
momento sentía que era donde debía estar.
Tanto
la gente de allí, como el resto de voluntarios de todas partes del mundo,
hicieron que estuviera como en casa desde el primer momento en que planté un
pie en el aeropuerto de Tegucigalpa. Fueron a recogerme para llevarme a la ONG,
mi querido “Rancho Santa Fé” y, darnos a todos los nuevos, charlas de
bienvenida donde te explicaban cómo funcionaba todo por allí, a la hora de
tener que realizar ciertas gestiones, además de llevarte a lugares típicos de
la ciudad, y saber qué transporte agarrar. Porque sí, allí se agarra, no se coge, eso es una palabra con un significado totalmente diferente al
que te imaginas, como muchas otras más, que aprendes a omitir o cambiar y decir
de otra manera, a medida que van pasando los días y te haces cada vez más a
vivir allí.
Como
en mi primera clase de Educación Física, donde se me ocurrió decir, de forma
totalmente inocente, a los niños que echasen el culo para atrás, para hacer más grande el círculo donde estábamos
sentados. A los pocos segundos me arrepentí de mi comentario al echarse todos a
reír, diciendo “la profe ha dicho culo” y contárselo a su profe de grado,
pensando ésta que seguro habían oído mal o la estaban engañando. Otra cosa que
aprendí: No es culo, sino cola o pompa, como mucho trasero,
y mejor no seguir entrando en sinónimos.
Ahora,
para cara de sorpresa la mía cuando escuché a un adulto dirigirse a los niños
como “cipotes” en plural, siendo una palabra de lo más natural, cuando aquí
todos sabemos lo que significa. Pero como nadie se reía ni corregía, supuse que
era de uso común y que incluso la acabaría adquiriendo para que formase parte
de mi vocabulario, junto con muchas otras: Trapear
(fregar), paila (vasija grande), oso (vergüenza), fresa (algo o alguien que mola mucho) tuani, suave (todo está
bien, tranquilo), relajo (jaleo,
escándalo), carro (coche), coso (cosa), cheque (comprobado); y anglicismos varios llevados a la jerga
hondureña por niños del rancho que hacían que me partiese de risa con ellos,
como el wachiman wachimaneando (el
vigilante vigilando), la roleada (una
vuelta en un carro), la facebookeada
(mirar el Facebook), cheque leque
panqueque (versión extendida de cheque, añadiéndole comida), y muchos más
que, por desgracia, se van olvidando.
Pero,
lo que nunca olvidaré, fue la sensación de felicidad de sentirme parte de algo
tan importante, de aprender de todos y cada uno de los niños y jóvenes a los
que enseñé, además del resto de trabajadores, voluntarios, encargados, jefes y
profesionales de diferentes áreas que hacen que todo eso se pueda seguir manteniendo.
Por
supuesto, cómo no hacer una mención especial a la fauna y flora autóctona de la
zona. Nunca, en mi vida, había tenido la oportunidad de ver insectos de ese
tamaño rondando por las instalaciones como si nada. Tan acostumbrados estaban
los hondureños a ver ese tipo de insectos que, cuando te decían que corrieses o
le matases, significaba que realmente era peligroso o venenoso si te picaba. Al
resto podías dejarles campando a sus anchas, como si tuvieras un millón de
mascotas con alas (o no), que iban y venían según la época del año, habiendo
temporadas en las que literalmente casi no distinguías el suelo de tu casa
porque quedaba cubierto por una capa de ellos. Cada mañana debía pedir permiso
a las cucarachas para que salieran del microondas un momentito y poder
calentarme el café, llegando a sentirme como Bruce Lee, con un trapo en cada mano, dispuesta a combatir la plaga
que se avecinaba sobre los restos de comida y utensilios varios en la cocina.
O
inspeccionar cada rincón de mi cuarto, como hacía siempre que pasaba días fuera
de viaje o escapadas de fin de semana; siendo rarísimo no encontrar nada,
ducharme, cambiarme y relajarme para tumbarme en mi cama y descubrir un alacrán
enorme en lo alto, por dentro de la mosquitera (cómo narices lo había hecho es
algo que nunca entenderé) y salir huyendo lo más rápido-despacio posible para
evitar que se descolgase y se cayese encima mía. Menos mal que no me di cuenta
mientras dormía, habría sido demasiado tarde. Pero una vez aprendíamos a
convivir en paz y armonía, no había mayor problema, hasta acababas poniendo
nombre a los que siempre te visitaban nada más levantarte por la mañana.
Otra mención especial a la cucaracha que viajó conmigo a Panamá, desde Honduras, dentro de mi maleta, y que por supuesto llegó bien y nada mareada del viaje. Se ve que quiso asegurarse de que no la echaba de menos ni me olvidase de regresar después de mis días de vacaciones. O igual ella también necesitaba desconectar y quiso aprovechar para hacer turismo, quien sabe.
Por
otro lado, destacar que la variedad de plantas, frutas y verduras que allí
crecían era alucinante. Alucinantemente bonitas y alucinantemente ricas, porque
todo se plantaba y crecía en el huerto propio, logrando que la comida tuviera
un sabor natural y libre de pesticidas que nada que ver con el que tiene cuando
la compras ya preparada en diferentes factorías.
El picante era el condimento principal de cualquier plato; y si, como yo, no soportas que la comida pique, más vale que te quedes con que cuando ellos
dicen que no pica, significa que pica un poco; y cuando dicen que pica un poco, puedes ir pidiendo cita al dentista para que te cambien los empastes, o al médico para que te reconstruya las paredes del estómago. Como cuando en España le pides al camarero que te ponga un café con la leche del tiempo, que sabes que por mucho que especifiques como se te ocurra beber nada más traerlo te irá abrasando la garganta a medida que avanza, llegando a insensibilizarte la lengua de manera que no notes el sabor de nada de lo que tomes hasta que se cure la quemazón. Más o menos, ésa es la sensación; o estás acostumbrado, o acabarás bebiendo velas como Homer para poder aguantarlo, todo sea que acabes alucinando.
También
aprendes a enfrentarte a situaciones que pueden ser catalogadas como
peligrosas, cuando no tienes cuidado. Por ejemplo, se recomienda no andar
solo/a de noche por la ciudad, cosa que puedes evitar agarrando un taxi que te
deje en la puerta del hotel. No entrar en zonas que no conoces ni subirte a
transportes que no son los habituales. Si te atracan no lo pienses, les das lo
que tienes sin rechistar, no intentes hacerte el valiente. Además de otras
situaciones que, cualquiera que no esté acostumbrado a viajar en plan
“mochilero” puede llegar a inquietarse o pasarlo mal, como ir literalmente
empotrada contra el cristal de delante del autobús por no tener más espacio de
la cantidad de gente que se subió; o preferir no ir mirando cómo conducen por
ponerse a adelantar por un carril contrario sin visibilidad ninguna, pasando
tres vehículos a la vez donde sólo hay dos carriles.
Cosas
que al final acabas viendo normales, y que puedes solucionar aprendiendo a
adaptarte al sitio donde estás. Porque por pasarte algo, puede pasarte en
cualquier país y lugar, si te pones a pensar; y en un año de estancia, yendo y
viviendo de un sitio a otro, a veces acompañada y a veces sola, no llegó a
sucederme absolutamente nada. ¿Podría haber pasado? Sí, igual que en Madrid si
un día me encuentro, en un momento dado, en un lugar y momento equivocados.
Sinceramente, no voy a dejar de viajar por evitar todo lo malo que puede pasar;
prefiero seguir moviéndome, conociendo, explorando, compartiendo y VIVIENDO;
haciendo lo que me hace feliz, porque al final eso es lo que te queda, lo que
recuerdas, y lo que nunca se va.
No
los malos momentos, sin duda necesarios para ayudarte a crecer y desenvolverte;
sino todo lo bueno, las amistades con personas de todo el mundo, el sinfín de
situaciones divertidas, como las olimpiadas de agosto para celebrar el
aniversario del Padre Wasson, fundador de la ONG. Olimpiadas que recordaré como
los momentos más cansados y alegres de mi vida, donde apenas tenía tiempo para
comer con todo lo que había que organizar, pero que pasé como una niña pequeña
jugando en el barro, con carreras de obstáculos, con cuerdas, con rampas,
escalando...y con baile por equipos incluido, disfrazados de piojos, porque ése
era mi equipo. Y donde participaban todos, absolutamente todos, los que habían
formado y formaban parte de ese proyecto.
Además
de los numerosos eventos, fiestas de bienvenida, de despedida, retiros de voluntarios,
cenas amistosas, proyectos familiares, viajes de Semana Santa, días y momentos
libres que aprovechaba para colaborar con más cosas y relacionarme más con la
gente que allí vivía, llegando a conocerles y quererles tanto como a mi
familia.
Pero,
la despedida tiene que llegar inevitablemente pasado el año; aunque podía elegir
quedarme más tiempo sentí, finalizado mi período, que era el momento de
regresar a España. Y no fue fácil, para nada, decir adiós, menos aun cuando uno
de los niños que al principio de llegar casi no me dirigía la palabra, al final
me abraza fuertemente, pidiéndome que no me vaya. O ver la cara de alegría de
los niños de un grado al creer que volvía a darles clase cuando, en realidad,
solo pasaba a despedirme. O recibir los besos, abrazos y palabras de cariño de
mucha gente, regalándome tarjetas y dibujos que aun guardo y tengo colgados en
las paredes de mi habitación, de lo que significan para mí.
Todo
eso me llevo, dejándome un montón de historias y anécdotas que contar, pero que
guardo en mi memoria y en el millón de fotos que saqué durante ese año, por no
alargar más la historia. Pero, no puedo acabar sin hacer, ahora sí que sí,
mención súper especial, a mi grupo de voluntarias que conocí allí, con la
amistad que se formó entre nosotras y que, a día de hoy, seguimos conservando:
Neyla (colombiana), Gloria (hondureña), Anni (alemana), Mely (americana) y yo,
Sara (española).
Queda pendiente la reunión de todas. Difícil, al vivir cada una en una punta, pero no imposible. No hay nada imposible, si de verdad lo deseas. Ahí queda dicho ;)
¡VIVA HONDURAS!
© Sara Guerrero
Gómez






Comentarios
Publicar un comentario