CAMINO DEL NORTE
CAMINO
DEL NORTE – Agosto 2022
Han sido tantos los años que
han pasado desde mi primer camino (11 para ser exactos) que no sé por qué éste
tiene tanta emoción. Quizás porque pensé que no lo conseguiría, ya que tuve
dolor en los pies desde el primer día. Quizás porque no iba pensando en los
kilómetros que llevaba, o los muchos que aún me quedaban; solamente en
disfrutar de la compañía, intentar no morirme de calor y respirar mientras
subía cuestas infinitas, mientras mis piernas no me respondían como quisiera,
mientras me tropezaba con el mínimo desnivel cuando no podía más, y tanto mi
cuerpo como mi cerebro me pedían a gritos parar. Pero no podía, o más bien no
quería, porque cuando haces el camino la primera vez y te engancha y llama de
esta forma, sabes que no hay vuelta atrás, que ya siempre te buscará.
Tienes que encontrarte
realmente mal para retirarte, tirar la toalla e irte por donde llegaste. Y más
de una vez me ha tocado hacerlo, muy a mi pesar, al ver mi salud perjudicada.
Pero esta vez no, no podía ser, tenía que continuar como fuera y terminar lo
que me había propuesto.
La solución que me salvó me
llegó al comprar nuevo calzado después de una semana andando con dolor a cada
paso. No es nada recomendable estrenar zapatos, de hecho, es lo opuesto a lo
que se debe hacer para no lesionarte ni tener rozaduras mortales de necesidad,
de esas que te impiden avanzar; pero me vi en el caso extremo de que o lo
intentaba de esta forma, o nuevamente me tendría que retirar. Así que, después
de mucho hablar con diferentes personas que me aconsejaban lo que mejor les
había resultado, encontré a un hostelero majísimo que dio totalmente en el
clavo al indicarme una tienda en Gijón donde vendían una marca de zapatillas
concreta. Estaré infinitamente agradecida por haberlas encontrado, al igual que
por todas las personas que me ayudaron. Y, por supuesto, gracias a mi fuerza de
voluntad que tira de mí cuando ni mi propio cuerpo puede, por muchas ampollas
que salgan, heridas varias o dolor de espalda de cargar con la mochila pesada.
Porque sí, la mochila y tú os mimetizáis en la misma cosa, y no tiene nada que
ver el acto de caminar con carga a sin ella. Como una tortuga ninja con su
caparazón, sientes una extraña ligereza y sensación de vacío cuando finalmente
puedes descargarla en la parada final donde tengas pensado pernoctar.
Todos los dolores y
sacrificios forman parte del camino real del peregrino; ése que suda, llora, ríe
y suplica, todo a la vez, porque el siguiente pueblo que se atisba a lo lejos
sea el final de etapa que se ha propuesto para ese día en concreto. Ése que
hace piña y reconoce a los que, como él, sonríen y siguen a toda costa, con el
sacrificio que eso supone. Sin trampa ni cartón, sin coger un autobús, taxi o
tren que le pueda ahorrar esos kilómetros de más que se está pegando para poder
llegar. Ése que maldice por dentro la figura del turigrino, ¿cuándo narices surgió y qué hace en el camino? Si lo
que pretendes es hacer turismo (con toda la cara de sacarte la credencial para
que te vayan sellando lo que NO has hecho andando), por favor, ve a dormir a un
hotel o pensión y no quites el hueco del albergue a quien realmente lo merece y
necesita un descanso. Este año, por desgracia, habéis sido muchos los turigrinos con los que me he cruzado; y
me da miedo que llegue el día en que no pueda caminar porque literalmente no
hay un solo hueco para dormir bajo techo, y que la única solución que te den
sea dormir en la calle, sin poder darte una ducha, ni lavar la ropa, ni
encontrar nada cercano como segunda opción. ¿En qué momento se transformó esto
en una maldita maratón?
Así que, por este y otros
motivos, más de un día me tocó caminar 40 kilómetros de etapa, o quedarme a
menos de 20 porque entre medias no había nada. Superando, de esta forma, mis
propios límites, caminando cada día lo que no creí que sería posible, hasta el
punto de pensar que 30 kilómetros me resultaban hasta pocos. Levantándome a las
5 de la mañana para vestirme, recoger todo y comenzar a andar a las 5:30; en
mitad del bosque, sin luz alguna salvo la de mi linterna, para poder llegar
antes de las 4 de la tarde totalmente exhausta pero feliz por haberlo logrado y
tener tiempo de sobra para descansar, preparar todo para el día siguiente y
socializar con el resto de peregrinos; ya sea comentando la dureza de la etapa,
organizando una cena comunitaria o simplemente hablar de cosas absurdas y
variadas que van surgiendo cuando se junta gente que viene de tantas partes
diferentes.
Muchas veces nos daban las
tantas en estos encuentros, pero a pesar de eso al día siguiente nos
levantábamos pronto para poder continuar como unos campeones, por poco que hubiésemos
dormido, por decisión propia o por culpa de la variedad de ronquidos que pueden
llegar a juntarse en la misma habitación. Increíbles las sonatas que se pueden
llegar a escuchar, y que te dan ganas de matar o ahorcar al personal.
Son demasiadas las anécdotas e
historias vividas, tantas como para que me resulte imposible resumirlas. Pero,
por mucho que se alargue la historia, no puedo acabar sin mencionar a unas
cuantas personas:
Al grupo de españoles que
conocí el primer día (sois muchos para nombraros), y la noche de risas que se
alargó contando chistes, bebiendo sidra y cantando hasta que la lluvia
torrencial hizo que tuviéramos que ir a acostarnos. La mayoría de vosotros
acabó su camino antes, pero agradezco infinito los días que me acompañasteis y
apoyasteis en cada paso doloroso que daba (fue mi primera semana).
A Cris y Mila, dos americanas con
las que me iba encontrando entre medias o al final de las etapas. Sin embargo,
cada vez que nos veíamos nos abrazábamos como si no hubiera un mañana.
Valientes que, a pesar de perderse unas cuantas veces siempre continuaban,
aunque les dieran las tantas.
A Tim, un belga con el que
conecté desde el primer día que coincidimos, y me regaló unos tapones para los
oídos cuando nos volvimos a encontrar, preocupadísimo porque le había dicho que
no me dejó dormir por sus ronquidos una noche, y al que desperté con toda la
confianza para decirle que se pusiera de lado y así no roncaba. Son muchos los
peregrinos que no me han dejado dormir a lo largo de los años, y es el primero
que se me ha acercado con ese detalle tan espectacular.
A Paddy, un irlandés
graciosísimo con el que me volví a tropezar y, sin apenas conocerme, me regaló
una súper crema para las rodillas, diciéndome que él no la iba a necesitar. Entre
muchas conversaciones que tuvimos, recordaré su frase motivacional “Sara, you
always smile” cuando me ponía demasiado seria o hablábamos de algún que otro
tema. Y, por supuesto, recordaré la paliza que pegamos a los demás jugando al
billar en Finisterre.
A Nadia (dudo que se escriba
así, pero no sé cómo), una alemana que andaba como una jabata a pesar de tener
la pierna destrozada, con la que podías hablar de todo y sonreír siempre que te
la encontrabas.
A Flo y Niels, dos amigos
alemanes con los que me crucé una de esas madrugadas y que pensaron que era una
bici de lo rápido que andaba (en verdad debido al cague por estar yo sola de
noche). Y con los que anduve al día siguiente una de mis peores y más largas etapas,
mientras insistían en contar la historia de Headless
Harry para meterme más miedo en el cuerpo, si cabe, cuando aún no había
amanecido; o parar a desayunar en mitad del camino mientras un perro nos miraba
de forma sospechosa. Nunca olvidaré la forma de llamaros cariñosamente estúpido entre vosotros, así como de
saludarnos al grito de hombre y mujer cuando nos veíamos en la
distancia.
Al grupo de españolas que
amenizaban los días con su juego (del que soy incapaz de recordar el nombre),
que acabaron enganchando a todo peregrino con el que se cruzasen. Su alegría y
entusiasmo no pasaba desapercibido por nadie.
Al enorme grupo de italianos,
porque este año ha sido clarísimamente el de los italianos, que salían por
todos lados, con los que compartí muchos días de caminata y de comunicarnos
como buenamente podíamos, haciendo una mezcla entre italiano-español-inglés que
era una maravilla. No hay nada como quererte entender para conseguirlo como
sea. Mención especial a Chiara y David, pareja que pude conocer más al
coincidir andando juntos hasta Finisterre, que no dejaron de sorprenderme por
sus historias fantásticas de mil y un viajes, así como por su corazón enorme.
A mi italiano favorito, Dudi,
persona que me acompañó desde mi primer hasta mi casi último día; y que me
regaló mucho más que un corazón de madera, el cual iba repartiendo a todo
peregrino con el que se encontraba sólo porque sí, porque le salía del alma.
Nos separamos unos días entre medias y tuvimos que ingeniárnoslas mucho para
volvernos a encontrar, y vaya si lo logramos, apoyándonos el uno al otro hasta
que llegamos a Santiago. Su actitud, sonriendo a pesar de acabar destrozado,
amabilidad y generosidad las llevaré siempre conmigo. Tampoco olvidaré uno de
los momentos más graciosos que viví a su lado al descubrir, después de 10 días,
que no encontraba el camino rojo que aparecía en el mapa porque era daltónico.
Yo: “Dudi, pero si está aquí el camino”. Él: “¡Ahh! ¿Ése es el rojo? Es que soy
daltónico”. Yo (con cara de póker y meándome de risa después): “Igual es algo
que deberías haberme comentado el primer día que nos conocimos y comenzamos a
andar juntos, sólo por si acaso, por no perdernos”.
A mis White walkers, grupo de madrileños con el que me topé el año pasado
nada más bajar del autobús, comenzando esta aventura desde el principio en
Irún, y que me salvaron de dormir en la calle porque estaba todo tan hasta
arriba que ni un mal hueco tenían en los albergues. Su manera de acogerme como
una más, de llamar a cada sitio que tenían reservado diciendo que se había
unido una persona de la familia a última hora, que me pusieran una cama
supletoria o lo que fuera, me llegó a la patata. No olvidaré tampoco los
escasos seis días compartidos, ya que por las rozaduras en mis pies provocadas
por las botas me tuve que retirar en Bilbao, pero esos detalles siempre se
quedan guardados.
A mis Entusados, porque siendo sinceros mi primera toma de contacto con
este camino fue antes, en el temido año pandémico, donde me dediqué a viajar
todo lo que pude cuando nos dejaron. Y, por supuesto, me armé la mochila para
comenzar en Ribadeo junto con mi amiga Esther, donde acabamos llegando hasta
Finisterre. No recuerdo tanto la dureza, porque ahí estaba en plena forma, pero
sí las risas compartidas con todos los peregrinos que fuimos conociendo durante
esos días. Casi cada día, sin venir a cuento, se armaba una pequeña fiesta en
el albergue, más las correspondientes al llegar a los destinos finales. Pero la
mejor, sin duda, fue con este grupito en aquélla terraza del bar de un pequeño
pueblo. Me lo pasé tan bien que perdí la noción del tiempo, y mi amiga y yo
tuvimos que volver corriendo para que no nos cerraran la puerta del albergue
antes de irnos a dormir.
Finalmente, en dos años he conseguido completar el Camino del Norte, con un millón de anécdotas y de gente bonita que he ido encontrando. No ha sido fácil, ni mucho menos, pasar las diferentes etapas, andar un día y otro sin apenas descanso, comiendo y durmiendo como sea y donde sea, con todo lo que ya llevas acumulado. Supone un desgaste físico y mental que debes aparcar, o al menos silenciar, si de verdad quieres continuar y llegar a tu meta final. A veces te pierdes y andas de más o te lesionas y tienes que parar. Pero lo repetiría una y mil veces más, porque cuando acabas el cansancio queda en un segundo plano, y lo único que recuerdas son todos los momentos vividos con las diferentes personas que has conocido. Unas se siguen conservando a pesar de los años transcurridos, y otras se quedan en el recuerdo de esos días compartidos. Pero así es la vida, como un tren en marcha donde unas personas se quedan y otras se bajan porque ha llegado su parada, y no pasa absolutamente nada. Ya sea porque habéis compartido horas, días, semanas o sigáis presentes en mi camino os puedo asegurar que memoria no me falta, y os llevaré siempre conmigo.
Y, para acabar, mención
especial a mí misma. Son pocas las cosas por las que me siento orgullosa, ya
que no destaco especialmente en ningún deporte y suelo pasar desapercibida.
Pero este año sí que sí, olé yo que nunca había conseguido andar tantos días
seguidos, sin parar ni uno solo a descansar, sumando tantos kilómetros en
total, alrededor de 670 si no me fallan las cuentas, desde Santander hasta
Finisterre, ya que sí o sí tenía que acabar en mi maravilloso faro.
Y no es que tenga 24 añitos
como cuando comencé el camino la primera vez, ya que si habéis estado atentos a
la historia sabréis que ya sumo 35. Y, a pesar de que me considero joven y
lozana, la edad para estas cosas, especialmente cuando no estás muy entrenada,
se nota. No me importa decirlo en absoluto porque el paso de los años es
inevitable, pero la actitud con la que los enfrentas es totalmente cambiable. Como
Teresa, la mujer koreana de más de 70 que había corrido no sé cuántas maratones
y ahí estaba, adelantándonos a todos como si nada.
Me quedan muchos viajes y
objetivos por cumplir, de eso estoy segura. Pero también sé que mientras pueda
seguiré haciendo lo que me encanta y me llena, y el Camino de Santiago está en
mi top ten, sea la vía que sea, llegue o no a mi meta. Porque sabes cómo
empiezas, pero no cómo acabas. Eso es imposible de adivinar, tanto como tu
destino final, así que mientras tanto sólo nos queda disfrutar de lo que quiera
que se vaya llegando.
¡ULTREIA!
© Sara Guerrero Gómez





.jpg)




.jpg)


.jpg)


Comentarios
Publicar un comentario