VÍA DE LA PLATA
Vía
de la Plata – Octubre y Noviembre 2024
Tres veces me has costado, más
que ningún otro camino. Tres veces que me empeñé, por mis narices, en hacerlo
de seguido. Porque nunca había podido vivir la experiencia de completar un
camino de inicio a fin, desde el principio. Y así debía ser, a pesar de todo y
todos los que me decían que estaba loca por intentarlo en pleno verano.
La verdad que razón no les
faltaba, pero como mujer empírica que soy debía probarlo en mis propias carnes.
Y constancia me quedó, ya que sólo duré dos días por tierras andaluzas
batallando con el sol y rezando para que la lluvia llegase que, por supuesto,
ni se asomó.
Dos días pueden parecer poco,
pero se convierten en eternos cuando caminas sin sombra alguna a más de 40
grados y el agua se convierte en caldo a los pocos pasos. Ahí me asusté, y
decidí retirarme con el cuerpo lleno de rozaduras (algunas en carne viva) y una
uña menos en el pie que se llevó una ampolla que tuvo a bien salirme justo
debajo.
Nunca olvidaré a las personas
que en esos dos días me ayudaron cuando pensaba que moriría deshidratada: la
dueña de un hotel de carretera que me acogió hasta que bajase el sol; el
ganadero que estaba en el campo con sus vacas, que me dejó regarme, me dio agua
y un vaso con hielos para que me lo fuera recargando; y los obreros en medio de
un tramo del camino donde no había absolutamente nada, a los que pedí agua y me
dijeron que si esperaba en seguida me la traía uno de ellos que había salido a
comprar, mientras hablaban conmigo y me hacían reír con sus ocurrencias.
Cabizbaja decidí regresar a
casa para recuperarme, a la vez que bajaba las persianas y maldecía al sol
asfixiante. Ahí comprendí que los verdaderos héroes son la gente del sur, que
sigue sonriendo a pesar del jodido calor; y no la gente del norte como siempre
había pensado, que para aguantar el frío había que estar hecho de otro molde.
Conste que no lo niego, pero el calor se soporta muchísimo peor, al menos esa
fue mi conclusión.
Pero no pensaba rendirme, a
pesar de mi penosa primera toma de contacto con este camino. Así que un par de
semanas después, curada de mis heridas y con el dedito del pie tapado hasta que
la uña volviera a asomar; decidí regresar a la Vía de la Plata saltándome la
peor parte para esa época del año (recuerdo que seguimos estando en verano) y
comencé en Zamora, con la esperanza de llegar al fin y hacer la parte inicial
en otro momento.
En ese albergue me junté con
otros peregrinos que llevaban caminando desde el principio: un belga de 70
años, tres estudiantes japoneses y un treintañero australiano. Valientes o
insensatos, según se mire. Para mí, después de lo vivido, eran una mezcla de
ambos. Eso sí, iban preparados con ropas donde apenas asomaban los ojillos y el
resto del cuerpo quedaba completamente protegido de los rayos del sol. Por
suerte, por allí no pegaba tanto como por tierras andaluzas, llegando a ser
soportable siempre que madrugases e hicieras los máximos kilómetros posibles
por la mañana.
Y así hice, caminando casi todo
el tiempo junto a Walter, el belga de 70 años, que era el único que llevaba mi mismo
paso, dado que los demás iban más rápido. Recuerdo cuando acabamos en lo alto
de la montaña por habernos perdido, y como me meaba de risa con él cuando me
imitaba después del poco aliento que me quedaba al subir una cuesta.
Por otro lado, el calzado me
iba fastidiando bastante, quedándome más ajustado de lo que debía para caminar.
Y, al segundo día cuando ya no podía más, aparecieron unas zapatillas que
alguien dejó abandonadas –porque ya no las quería o porque estaban desgastadas-
en el albergue donde paramos. Me las probé a la desesperada y, a pesar de que
eran algo más grandes del número que necesitaba, me iban perfectas para la
ocasión porque con las que había traído era imposible continuar.
Aquéllas zapatillas fueron mi
salvación, y mi humor cambió completamente porque ya no notaba el roce de los
dedos con la puntera a cada rato. Una mala elección de calzado puede
fastidiarte todo, que ya me ha pasado.
Así que continué con esta panda
donde se unió otro peregrino holandés que comenzó un día más tarde, y
al que ya conocía del Camino del Norte. Casualidades de la vida, nos volvimos a
encontrar en éste. Se ve que los peregrinos tenemos una especie de radar, de
algo que nos llama a acudir de nuevo. Pero a la mayoría no los vuelves a ver,
sobre todo cuando son de países distintos al tuyo, de ahí que me llevase una
grata sorpresa y pensase que cosas como ésta sólo pasan en el camino.
Pero la alegría no duró mucho,
ya que de nuevo tuve que retirarme al llegar a Ourense, por nuevas ampollas que
me salieron en los dedos meñiques de los pies –por suerte no bajo las uñas- que
triplicaron el tamaño de los mismos y que provocaron que me resultase imposible
caminar sin sufrir un dolor tremendo. Cuando tus pies son propensos a fabricar
ampollas da igual lo que les eches para evitarlo, que seguirán haciéndolo. Esta
vez me duró la hazaña once días, y a pesar de estar orgullosa por haber llegado
hasta allí, también sentía una pena tremenda por no lograr acabarlo del todo.
Pasó el tiempo en el que me
dediqué a otras cosas, y otra vez surgió la oportunidad de hacerlo a mediados
de octubre. Como ya es sabido, a la tercera va la vencida, por lo que me dispuse
a intentarlo de nuevo. No obstante, quería hacerlo bien, desde el principio. El
calor ya no sería un problema, pero puede que el frío al llegar a la zona norte
de la península sí lo fuera. No lo sabía, porque nunca había hecho el camino en
esa época, pero estaba decidida a intentarlo.
Por lo que cogí las zapatillas
–unas nuevas que había comprado- y la mochila que tantas veces había armado
–algo más pesada de lo normal, al tener que llevar más ropa de abrigo- y me
planté en Sevilla. Pensé que, a pesar de que seguía haciendo sol, la
temperatura era buena para caminar y el agua me duraba bastante más sin
necesidad de recargar, ya que no me moría de sed a cada rato, a diferencia del
verano.
Los primeros días conocí a Ada
y Nico, un matrimonio holandés jubilado, que viajaba todo lo que podía, y que
lo primero que hacían al llegar de cada etapa era irse al bar a celebrarlo. También
conocí a Jose y Bernd, un salmantino y un alemán que eran amigos desde que
estudiaron juntos, y aprovechaban siempre que podían para juntarse en algún
viaje que implicase aventura y caminatas largas. Además de Pablo, un argentino
atento y majísimo que resultó ser uno de mis grandes compañeros de viaje. Así
como a Gino y Máximo, dos amigos italianos que siempre estaban de buen humor y
que todo les parecía “Fantástico”.
No puedo nombrar a todos los
peregrinos que me he ido encontrando, ya que extendería demasiado la historia,
por lo que mencionaré únicamente a los que más me acompañaron y marcaron en
este camino.
No nos engañemos, la Vía de la
Plata es dura, más mentalmente que físicamente, porque no tiene grandes
desniveles –comparada con otros caminos- pero sí te encuentras con muchas
etapas en las que hay más de 20 kilómetros sin nada (ni bares, ni fuentes, ni
pueblos, ni albergues) y tienes que calcularlos para tirar con lo que llevas
encima; tanto si decides parar a descansar en mitad de la nada como si decides
no parar hasta el fin de la etapa.
Llega un momento en el que el cuerpo se agota y no puedes más; ya sea porque la mochila te pesa el doble después de los primeros 10 kilómetros; porque te han salido ampollas que hacen que no pises bien y, por tanto, cargues en exceso otras partes del cuerpo; por el cansancio que llevas arrastrando después de tantos días de caminata; o porque estás hasta el higo –hablando mal y pronto- de andar sin ver otra cosa que no sean veredas de tierra o carreteras que parecen no tener fin.
Y ahí, en esos momentos en los que tirarías la toalla y lo único que querrías es parar, es cuando te llega un mensaje de otro peregrino preguntándote cómo vas, cuánto te queda para llegar, mientras te da ánimos (aunque sea a la distancia, porque repito es imposible andar constantemente al mismo paso) y/o te envía ubicaciones del próximo bar donde puedes parar a descansar, comer y renovar energías para continuar. Y aquí sí que sí tengo que nombrar a todos y cada uno de los peregrinos que acabaron formando parte de la pequeña familia que hice en este camino:
Pablo, el argentino al que
anteriormente he nombrado, que me ha cuidado y se ha preocupado por mí a cada
paso. A pesar de habernos separado algunos días, lográbamos volver a encontrarnos
de nuevo y caminar juntos otro ratito. Me esperaba siempre que me veía a la
distancia y se encontraba con algo potencialmente peligroso, solo para ayudarme
a pasar ese tramo. Le dije adiós antes de tiempo, sin saberlo; pero siempre
recordaré el desayuno en Ourense, donde madrugó más que las gallinas únicamente
para desayunar conmigo antes de que me fuera y poder darnos ese abrazo de
despedida.
Eric, un francés que se perdía
constantemente pero que, sin embargo, llegaba el primero al albergue porque era
como una locomotora andante. No olvidaré las veces que me esperó y acompañó
siempre que veía que estaba exhausta, aunque esa espera implicase mucho tiempo
por su parte, llegando al albergue casi de noche por mi culpa. Me daba
conversación y hacía que mi cabeza pensase en otra cosa. Y siempre con una
sonrisa. Quién me iba a decir que acabaríamos llegando los dos juntos a
Santiago de Compostela.
Aileen, una alemana aventurera
y viajera como pocas personas he conocido. Una de las etapas más bonitas de
este camino la hice todo el día junto a ella, donde nos conocimos más y donde se
unió un perrito que bautizamos como “Santi”, que nos acompañó casi hasta la
mitad y que nos ayudó a ahuyentar a las vacas que estaban por donde teníamos
que pasar. Con su sentido del humor y su forma de pensar fuera de los
estándares “normales” logró que me sintiera como en casa solo con su presencia.
También caminé con ella hasta el fin de la tierra, literalmente.
Enrico, un italiano al que
apodamos como “doctor del corazón” porque, a pesar de estar jubilado, le
encanta su profesión y se sigue dedicando a ello. Siempre cantando, bailando y
disfrutando del camino como pocos. Ya querría esa energía para mí. Tuve ocasión
de conocerle mejor en las últimas etapas, y me alegro mucho de haberlo hecho.
Nunca olvidaré esa chocolatina que sacó de la máquina expendedora para mí
cuando le dije que tenía hambre pero que no me podía mover de la cama del dolor
de pies que traía. Simplemente se levantó, salió de la habitación y volvió con
ella de vuelta. Jamás una chocolatina supo mejor.
Bajena, una bielorrusa
simpatiquísima con la que apenas coincidí durante el camino -a pesar de haber
empezado en el mismo sitio-, pero que sí tuve la oportunidad de conocer más
profundamente en las últimas etapas del viaje. Descubrí a una persona amorosa y
cariñosa como pocas. Y, para mi gran sorpresa, que le gusta bailar a lo loco tanto
como a mí. Recuerdo que me costó horrores aprenderme su nombre, pero una vez
que lo logré ya no lo olvidé, porque es imposible hacerlo. Siempre recordaré su
apoyo durante ese viaje infernal en autobús de vuelta de Finisterre a Santiago,
tratando de hacerme reír para que me olvidase del mareo que llevaba. Desde aquí
decreto que jamás volveré a coger ese autobús. Prefiero volver a pata, aunque
suponga otros tres días más de caminata, antes que aguantar tres horas de
curvas por carretera de montaña.
La Vía de la Plata ha sido el
camino que más he andado sola, al ser uno de los pocos habitados y no estar en
la época del año en la que más lo suele hacer la gente (primero por el calor, y
luego por el frío). Me ha podido el dolor y el cansancio más de una vez. Y
salvo cuando ha sido inevitable parar –por salud- he continuado caminando
porque sí, porque tenía que completarlo al menos una vez en la vida. Y se me
metió en la cabeza que tenía que ser éste, precisamente el camino apodado como
“real” al no encontrarte con servicios donde poder descansar y tener muchos
kilómetros de soledad.
Sin duda sirvió como
experiencia, descubriendo que tengo más aguante y fuerza de voluntad de la que
pensaba. Porque las fotografías muestran los paisajes preciosos y la gente
estupenda que conoces. Pero no muestra todos los días que has caminado con
calor o frío, bajo la lluvia y empapada, con sed o hambre que no sacias porque
te has quedado sin nada para recargar. Tampoco muestra todos los días que has
madrugado y caminado sin haber descansado porque los ronquidos ajenos o tu
propio cansancio no te han dejado. Ni el dolor de espalda provocado por el peso
de la mochila, que desarmas cada día al llegar al albergue y vuelves a armar al
día siguiente en la oscuridad para salir sin despertar a nadie. Ni, por
supuesto, el dolor de piernas y pies que llevas durante todo el trayecto, que
aprendes a ignorar porque si fuera por eso te detendrías desde prácticamente el
primer día.
Aquí tuve oportunidad, cuando
por fin llegué a Santiago después de 38 días y 1007 km en total, de abrazar de
nuevo al Santo, cosa que no hacía desde mi primer camino en el año 2011. Y de
continuar con gran parte de la familia hasta Finisterre, completando así mis 42
días de peregrinación. Obvio que me emocioné, pero también me entristecí al
pensar que había acabado esta aventura; ya que, como buena peregrina, sólo estoy
pensando en cuándo cogeré de nuevo la mochila para ir hacia mi siguiente camino,
que espero no tarde en llegar.
Tampoco puedo evitar mencionar
a la familia y amigos, los de toda la vida, que siempre me apoyan en cada nueva
aventura y/o locura –suelen ir de la mano- que se me ocurre llevar a cabo,
mandándome mensajes y llamándome a cada rato para saber cómo estoy, si aún sigo
viva y cuándo pienso volver. Mi respuesta siempre es la misma: La verdad que no
lo sé.
Porque siempre quiero disfrutar sin pensar. Caminar en el presente sin mirar más allá. Hoy estoy aquí, mañana no te lo puedo asegurar. Depende de tantos factores y circunstancias que lo acabes, tal como habías planeado, que hay preguntas imposibles de dar una respuesta fiable. Por suerte este año, 2024, va a quedar marcado como el año en el que finalmente lo conseguí. Puede que lo vuelva a lograr con otro camino o puede que no. Pero de una cosa estoy segura, y es que pienso continuar regresando mientras tenga fuerzas; porque el camino siempre está ahí para ti, para quien lo necesite. Y una vez que te enganchas es imposible despedirte.





















Leer tu camino es un buen ejercicio para me . Tengo muchas buenas memorias de nuestra vía de la plata que fue estupenda, con mi querida profesora de español😉
ResponderEliminarAllí hay un bar abierto, animó👍
Jajaja la profesora pesada de español que te estaba corrigiendo todo el rato. Me alegra mucho que te haya gustado. ¡Un abrazo!
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